Amaia siempre da muchas vueltas en la cama. Desde pequeña no duerme más de cinco horas, digamos que tiene la costumbre de dormir con un ojo abierto. La única forma de poder aguantar las siguientes 24 horas es tomando café. Sí, la protagonista de esta historia es de esas personas que sin café por la mañana no es persona.

El lunes pasado Amaia, tras una cita con Marcos en uno de sus restaurantes favoritos, sintió cómo la noche se le hacía más larga de lo normal. No encontraba la postura correcta para dormir y no paraba de pensar en Marcos, las vacaciones y una larga lista de tareas pendientes que necesita resolver. Además, su almohada, más que una amiga donde apoyarse, parecía su enemigo número uno. Por si fuera poco, sus vecinos de arriba decidieron celebrar el aniversario de boda con amigos y familiares por todo lo alto. Sí, digamos que esa noche iba a ser una noche “movidita”. No le hubiera importado lidiar con estos imprevistos, pero al día siguiente Amaia tenía una entrevista, una de esas que te hacen sentir que ha llegado el momento de triunfar, enseñar tu talento y demostrar que tantas horas estudiando, el último máster que hiciste y los dos años en Reino Unido mejorando tu nivel de inglés iban a servir para algo.

Eran las ocho y cinco de la mañana. Los primeros rayos de sol entraron por la ventana de Amaia, mientras sonaba la alarma y, aunque ella siempre apagaba la alarma antes de que sonara, en esta ocasión fue la alarma la que quiso despertarla, pero una fuerte sensación de cansancio se apoderó de su cuerpo y tras apagarla, optó, casi sin darse cuenta, por dormir de nuevo. Más tarde, lo que parecía ser una aspiradora recogiendo todos los desfases de la fiesta de sus vecinos, hizo que sus ojos se abrieran como platos, con la sensación de estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada. Exacto, ¡se había dormido! Saltó de la cama, se calzó y se puso la ropa que tenía encima de la cómoda (el vaquero y el jersey negro de cuello vuelto que había elegido para impresionar a Marcos). Saltó a la calle y, casi sin pensar en su integridad física, paró el tráfico para coger un taxi. Al sentarse en el coche, sintió que su futuro dependía de ese conductor, y, tras mirar su reloj cada 30 segundos, fue consciente de que había una pequeña esperanza de llegar puntual. Aunque sabía que no podía hacer nada, intentó que su cara pareciera la de una mujer que había dormido al menos 8 horas y estaba descansada. Empezó a maquillarse mientras iba respondiendo mentalmente a las posibles preguntas que le podrían hacer en la entrevista. Su reloj marcaba las ocho y media, y Amaia se veía cada vez más cerca de María Pérez, pero el taxista apagó la radio y dijo: ‘Señorita, estamos al lado de la dirección que me ha facilitado, pero la calle está cortada. Voy a tener que desviarme, tardaremos 10 minutos más.’ En ese momento recordó una frase que siempre le dijeron de pequeña: ‘Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va Mahona’. Sacó su cartera, pagó los 22,90 € de la carrera y, sin cruzar palabra con el taxista, salió corriendo hacia el edifico donde se encontraba María Pérez, la directora de Recursos Humanos que la había citado a las nuevo menos cuarto. Como si de una corredora de fondo se tratara, Amaia corrió como nunca lo había hecho y, tras sortear a varias personas, llegó a la meta. Eran las nueve menos veinte, ¡lo había conseguido!

La recepcionista se presentó y la acompaño a una sala donde varios trabajadores parecían disfrutar de su descanso. Amaia, que era de las que creía que las primeras impresiones eran las que contaban, sabía que la aventura a contrarreloj que acababa de vivir podía pasarle factura en la entrevista. Por eso, decidió acercarse a una máquina vending en busca de algún elixir que le diera la energía y la tranquilidad que necesitaba. Sintió que ni sus vecinos, ni el taxista, ni todas las tardes que estuvo estudiando en la biblioteca le ayudarían tanto como ese café latte que había elegido. De repente, una voz firme, a la vez que confiada preguntó: ‘¿Eres Amaia? Soy María Pérez’. Nerviosa y saboreando las últimas gotas de ese maravilloso café, se giró y dijo ‘sí, soy yo.’ A continuación, ambas se dirigieron al despacho de la directora de Recursos Humanos. Paradójicamente, Amaia se sentía pletórica, llena de energía y exaltada. Sentía que podría con esa entrevista y con cien más. ¿La razón? Muchos dirán que el café le dio ese pequeño impulso para que todo fuera sobre ruedas. Nunca lo sabremos, pero lo que sí sabemos es que la entrevista salió genial. Hoy trabaja en esa empresa y todos los lunes por la mañana saborea el mismo café latte con María Pérez, mientras ambas cuentan cómo ha ido su fin de semana.